Reivindicación del vaso de tubo

«¿Tubo o caña?», preguntaban los camareros. Era lo habitual, porque esas eran casi las únicas medidas de cerveza de barril que había en los bares de Granada. Tamaños universales que, para la tranquilidad del cliente, se mantenían en tascas, tabernas, restaurantes y bodegas. Uno pedía un tubo o una caña y sabía cuánta cerveza le iban a servir, sin desviación de centilitros.
Hace unos años, quizá ya una década, el buen criterio se extendió desde el norte por toda España para descartar el uso del tubo en los combinados. Al tomar un cubalibre o un gintonic en vaso de tubo recorres una innecesaria gama de sabores -del duro trago inicial, casi sin refresco, al aguachirri del final- que puede evitarse con recipientes de más cabida. Sin duda, era algo necesario, aunque en su lugar se generalizó la inasible copa de balón y no el más conveniente vaso de sidra.
Pero, con ello, la muerte del vaso de tubo estaba firmada y al poco empezó a desaparecer también en su uso para la cerveza. Proliferó el empleo (inadecuado) de las copas de vino y fueron apareciendo otras más o menos a propósito para el zumo de cebada.
Caña, cañón, doble, mini, zurito, penalti, tanque, pinta, corto… La máxima diversidad cultural española reside en el modo de llamar a la cerveza. Al desechar el tubo de cerveza, Granada pierde un signo de identidad.

[Número 2 – 30 de junio de 2020 – página 2]

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